lunes, 7 de noviembre de 2016

Donald Trump

Hace apenas unos siglos, el hecho de que llegara a Roma un Papa loco, al Cuzco un Inca sanguinario, o a Estambul un Turco con delirio de grandeza, cambiaba un poco la configuración geopolítica del trozo de planeta a donde perteneciera el Atila de turno, se peleaba alguna guerra, y después todo el mundo a lo suyo. Pero ya no. La Tierra se ha vuelto verdaderamente global y las armas tienen ahora la infinita capacidad de freírnos en masa.

Mañana martes la humanidad se enfrenta al dilema de elegir como presidente de los Estados Unidos a Donald Trump, un viejo millonario, mecenas del cabaret, con más de Borgia que de Lorenzo el Magnífico. El presi de turno nos gobernará a todos, pero todos no lo elegiremos. Sólo pueden hacerlo, en representación de los habitantes de la aldea-mundo, aquellos que ostenten la ciudadanía de las barras y las estrellas.

Trump es producto de un sistema en crisis. Trump le habla a una América profunda que añora aquella vida de postal feliz que tuvieron los americanos blancos, rubios y protestantes en los años dorados de la segunda posguerra, cuando la Pax Americana llegaba desde Alaska hasta Vladivostok, y desde el Cabo de Hornos hasta Australia. Trump le habla también a aquellos que añoran los años de Ronald Reagan, cuando Estados Unidos estaba a punto de ganarse el premio mayor de la Guerra Fría y el Telón de Acero caía muerto de hastío.

Trump le está diciendo a esos americanos lo que desean desesperadamente escuchar: que el calentamiento climático es un invento del gobierno chino, que los empleos se los roba una recua de mexicanos malnacidos, que América puede ser grande otra vez si se concentra en sí misma, si vuelve a ser la tierra de granjeros y pequeños propietarios con las que soñaba Benjamin Franklin. Trump nunca se reconoce parte de un sistema que exige a gritos su refundación, un sistema que está ahora encontrando soluciones fascistas a sus propios dilemas, que está imponiendo la fuerza a la negociación en los modos de construir el consenso. Si gana Trump, tendremos rápidamente enemigos a los cuales combatir, conspiraciones que denunciar, crímenes absolutos que castigar, “enemigos de América” a los cuales cocinar en infinitas hogueras. Y después pasará lo de siempre: todas aquellas promesas incumplibles se diluirán en la niebla.

El mundo, no solo los Estados Unidos, claro que se merecen un cambio, pero un cambio de verdad, un cambio de civilización. Lo que no nos merecemos es más circo. Por dios. No más.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Socialismo real y medios de comunicación

Hace unos meses, el periodista francés Sébastien Madau, redactor de La Marseillaise, tuvo la amabilidad de enviarme un largo cuestionario, en el que entre otros temas hablamos de la prensa y el socialismo. Aprovecho y comparto algunos breves fragmentos de esa entrevista.

lunes, 15 de agosto de 2016

Los muertos

Escuché en una película mexicana decir que el pasado son todos nuestros muertos. Así de fuerte y así de profundo. A uno de los personajes se le interroga por qué no cambiaba de vida, por qué no escapaba de una realidad dura, cruel, inhumana, por qué no cruzaba la pinche frontera. El hombre se toma su tiempo y responde que ahí, en ese rancho de mala muerte, estaban enterrados sus muertos, y que uno no se puede ir ahí no más, porque sí, olvidando lo que se deja atrás.

Aunque en lo personal soy más de Hernán Cortés que de Moctezuma, o lo que es lo mismo, disfruto más del fuego que se levanta al quemar uno las naves, que del calor (y las sudoraciones) que se desprenden del hogar de los ancestros, no dejo de pensar en los muertos (personales y colectivos) que me acompañan en esta feliz travesía que es la vida.

Cargar con tus muertos te hará quizás más sabio, y además, que no es poco, con toda seguridad te permite estar menos solo. Recuerdas en qué se equivocaron ellos, e intentas en la medida de lo posible no volver a meter la pata. Haces tuyos sus triunfos y completas los sueños para los cuales a ellos no les alcanzó el tiempo. Los muertos también te acompañan, los muertos son tu memoria prolongada, los compañeros que dejaste atrás en la aventura de la supervivencia, y que ahora te toman del brazo, cuesta arriba y cuesta abajo, por los caminos de la vida.

A veces la memoria se quiebra y las genealogías terminan desencontrándose, pobres de aquellos que olvidaron a sus primeros padres y están condenados a empezar de cero. En otros casos, los vivos se encargan de barrer un pasado que no les conviene, y construirse una historia donde solo caben algunos difuntos, los que interesan al presente de turno.

De todos modos, quiérase o no, somos un coctel de genes y por nuestras venas corre una combinación retorcida de parientes que se remontan al hombre (y a la mujer) de las cavernas, y que pasa por doscientas generaciones de aldeanos desdentados, hasta llegar a eso que eres tú, un muerto en camino a serlo, cuya máxima aspiración es, en definitiva, aparte de sembrar el árbol y luchar por la paz mundial, dejar lo tuyo, semen mediante, a la próxima generación de humanos; y así por los siglos de los siglos, hasta que nos lo permita el calentamiento climático y la inmensa bobería de esta especie humana de muertos compartidos, ya sean Adán y Eva, o la vagina y el pene de la primera mujer y el primer hombre del continente africano.