lunes, 15 de agosto de 2016

Los muertos

Escuché en una película mexicana decir que el pasado son todos nuestros muertos. Así de fuerte y así de profundo. A uno de los personajes se le interroga por qué no cambiaba de vida, por qué no escapaba de una realidad dura, cruel, inhumana, por qué no cruzaba la pinche frontera. El hombre se toma su tiempo y responde que ahí, en ese rancho de mala muerte, estaban enterrados sus muertos, y que uno no se puede ir ahí no más, porque sí, olvidando lo que se deja atrás.

Aunque en lo personal soy más de Hernán Cortés que de Moctezuma, o lo que es lo mismo, disfruto más del fuego que se levanta al quemar uno las naves, que del calor (y las sudoraciones) que se desprenden del hogar de los ancestros, no dejo de pensar en los muertos (personales y colectivos) que me acompañan en esta feliz travesía que es la vida.

Cargar con tus muertos te hará quizás más sabio, y además, que no es poco, con toda seguridad te permite estar menos solo. Recuerdas en qué se equivocaron ellos, e intentas en la medida de lo posible no volver a meter la pata. Haces tuyos sus triunfos y completas los sueños para los cuales a ellos no les alcanzó el tiempo. Los muertos también te acompañan, los muertos son tu memoria prolongada, los compañeros que dejaste atrás en la aventura de la supervivencia, y que ahora te toman del brazo, cuesta arriba y cuesta abajo, por los caminos de la vida.

A veces la memoria se quiebra y las genealogías terminan desencontrándose, pobres de aquellos que olvidaron a sus primeros padres y están condenados a empezar de cero. En otros casos, los vivos se encargan de barrer un pasado que no les conviene, y construirse una historia donde solo caben algunos difuntos, los que interesan al presente de turno.

De todos modos, quiérase o no, somos un coctel de genes y por nuestras venas corre una combinación retorcida de parientes que se remontan al hombre (y a la mujer) de las cavernas, y que pasa por doscientas generaciones de aldeanos desdentados, hasta llegar a eso que eres tú, un muerto en camino a serlo, cuya máxima aspiración es, en definitiva, aparte de sembrar el árbol y luchar por la paz mundial, dejar lo tuyo, semen mediante, a la próxima generación de humanos; y así por los siglos de los siglos, hasta que nos lo permita el calentamiento climático y la inmensa bobería de esta especie humana de muertos compartidos, ya sean Adán y Eva, o la vagina y el pene de la primera mujer y el primer hombre del continente africano.

lunes, 8 de agosto de 2016

Río de Janeiro, una vez más


La inauguración de los juegos olímpicos de Río de Janeiro dejó en evidencia una de las mayores calamidades de nuestra patria latinoamericana: la anemia congénita de sus instituciones, el no poder deslindar entre lo que de veras trasciende y aquellos hechos circunstanciales que dependen de los vaivenes de la política. El subdesarrollo, decía el escritor cubano Edmundo Desnoes, es precisamente la incapacidad estructural para acumular experiencias.

Brasil merecía algo mejor que esos diez segundos de un temeroso y abucheado Michel Temer inaugurando los primeros juegos de Suramérica. Los de Río eran los juegos de Dilma Rousseff. Me habría encantado ver a una mandataria latinoamericana, sobreviviente de la cárcel y del cáncer, diciéndole al mundo que en este continente machista y blanco puede gobernar con éxito una mujer; y junto a Dilma la ocasión merecía que estuviesen presentes los jefes de Estado de toda nuestra región, desde México hasta Argentina, pasando por las islas del Caribe. En definitiva, estos eran también nuestros juegos olímpicos, los juegos de un continente que hace unos años parecía comenzar a situarse en el escenario global.

Pero prevaleció la política barata y oportunista. Dilma fue alejada del poder mediante una intriga palaciega (los hechos de corrupción que se le atribuyen a su partido, hasta donde se sepa, no afectan directamente a la mandataria) y América Latina vuelve a otro de sus frecuentes ciclos pendulares.

En lo único que se han puesto de acuerdo la izquierda y la derecha latinoamericana es que ambas tienen una visión borbónica del Estado. Para Tirios y Troyanos se trata de un gueto propio, de una estructura encargada de refrendar los derechos de un grupo sobre el resto de la sociedad. De ahí que cada giro político vaya acompañado de un profundo ajuste de cuentas, de la destrucción sistemática del pasado reciente, de la “desinfección” de instituciones que deberían, al menos en teoría, ser inmunes a los bandazos presidenciales, como es el caso de los tribunales de justicia, las contralorías y los medios de comunicación.

Pero no. No hay altura de miras. No hay una concepción estratégica de la política. Prevalecen los caciques y el chusmero, la miopía política; y mientras tanto, se aleja cada vez más el sueño de nuestros padres fundadores de un continente integrado, con todos y para todos, que garantice a sus ciudadanos la mayor suma de felicidad posible.

lunes, 1 de agosto de 2016

La cantaleta

No importaba que la URSS hubiese fenecido una década antes, en aquella escuela desempolvaron viejas banderas rojas, abrillantaron unos fusiles AKM de juguete hechos con calamina, y montaron una coreografía donde campesinos, obreros e intelectuales avanzaban marchando hacia un horizonte que debía de ser muy profundo y luminoso, al menos si uno se guiaba por la expresión, sonriente y a la vez “esclarecida”, que los estudiantes-actores debían lograr sobre la escena.

Se vivían los últimos estertores del realismo socialista a gran escala, aunque la consagración del kitsch y el patrioterismo de telenovela no había sido sólo un invento soviético, sino la readaptación de prácticas populacheras que se remontaban cuanto menos a los iconos ortodoxos rusos, y a los santos y las estampillas católicas, hasta llegar a las flores plásticas y los tapeticos bordados con los que adornar la mesa del televisor.

Aquella actividad en honor al natalicio de Vladimir I. Lenin, realizada en medio de la crisis económica y espiritual más espantosa que había sufrido el país en todo un siglo, dejaba un dulce sabor en los corazones de los profesores de marxismo-leninismo que organizaron el acto; docentes cuyo salario había alcanzado para vivir con dignidad en tiempos de vacas gordas y que ahora, bicicleta en mano, no lograba recomponer la cuadratura del círculo, por más que se invocase una y otra vez aquello de a cada cual según su trabajo, a cada quien según su capacidad.

Aquellas banderas color sangre, aquellas poesía de rima consonante y adjetivos frondosos, tranquilizaba también a los más veteranos miembros del consejo de dirección, que seguían -diez años después- esperando una orientación del Ministerio para cambiar en sus mentes los viejos atlas geográficos, donde aún se representaba entera la Yugoslavia del mariscal Tito, así como la unión indestructible entre checos y eslovacos, y por supuesto el inmenso manchón de tinta roja que era la Unión Soviética.

Lo que podía haber sido una cantata en honor a Lenin, una composición barroca y multitonal como ha de ser toda buena historia, en la que intervendrían múltiples solistas, actores-interpretantes que sacasen las luces y las sombras de aquel inmenso experimento de mundo mejor y posible que fue la URSS, terminaba así en la más soporífera de las cantaletas, una repetición molesta al oído, pero repleta de tranquilos y complacientes lugares comunes; y el más común de entre todos, la reconfortante sensación de que la historia, cansada de tanto andar, se había detenido, que todo estaba en calma hasta nuevo aviso, a la espera de tiempos mejores, quizás para siempre.